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A Guayaquil

Barca novia de un río y de un mar

Manuel Benítez Carrasco

El Ecuador tiene una…

una barca tropical

por la que se mueren, mueren

de amor, un río y un mar.

Por la que más de un nevado

cuajaría su nieve en sal

para ser su vela blanca;

por la que más de un volcán

quisiera ser marinero

para ser su capitán.

Pero la barca ya tiene

las velas y el Capitán.

que, como alas de la tierra,

tierra que quiere volar

tierra fingiéndose velas

en olor de santidad,

los montecillos del Carmen

y de Santa Ana están

tirantes al viento como

diciendo: Vamos al mar.

Y a la proa de la barca,

reina de la barca va,

la mujer guayaquileña,

Capitana, Capitán,

estrella con que la tierra

puede muy bien dialogar

con las estrellas del cielo;

pequeña rosa carnal

que por criolla y porteña

es por dos veces triunfal,

mujer que es a un tiempo barca

mujer que es a un tiempo mar.

Mar por los ojos que tienen,

que en cada mirada dan

mareos a quien los mira;

mar también por el coral,

por el coral que en la boca

está haciendo de guardián

de las perlas de sus dientes,

envidia de las del mar.

Barca por lo que de vela

tienen cuando echan a andar,

como si un viento de garbo

las llevara a pasear,

y porque como una barca

van salpicando al pasar

una espuma de hermosura

por dondequiera que van.

Guayaquil es una barca

que no quiere navegar,

que si navegar quisiera,

bien podría navegar,

porque velas no le faltan,

no le falta Capitán,

la cruz en el mirador

es un grumete de paz,

gallardete de su fe,

mástil de su cristiandad,

luz, vigía, carta, brújula,

y timonel celestial.

La Virgen de las Mercedes

vigila desde el compás;

y remos… bueno, los remos

no le habrían de faltar,

porque el Estero salado

sería un remo de sal

y sería el rio Guayas

otro remo de cristal;

con que navegar podría

si quisiera navegar.

Guayaquil es una barca

una barca tropical

-proa entre azul y bananas

quilla entre cacao y sal-

por la que se mueren, mueren

de amor, un río y un mar.

Por ella quisiera el Guayas

ser tan grande como el mar

y el mar quisiera ser río

para poderla besar.

El río pasa y la besa

loquito de amor, y el mar

más loquito todavía

río arriba quiere entrar

disfrazado de marea

para poderla besar.

Mas el río nunca lo deja,

nunca lo deja llegar.

Pero el mar es galán fuerte,

no en vano se llama mar,

y un día dijo a la barca:

Yo te tengo que abrazar;

y sacó del mar un brazo,

alargó el brazo de mar

y en el Estero Salado

le dio un abrazo de sal.

Desde entonces mar y río

de día y de noche están

en lucha de amor por ver

quién se la puede llevar.

El mar le dice al oído…

¿qué puede decir el mar,

si no palabras de espuma

y piropos de cristal

y promesas de una boda

entre esmeralda y coral?

Guayaquil lo escucha y ríe

y no quiere contestar.

El río galán le dice:

Quédate conmigo, barca,

yo te traigo algo que vale

más que el mar y su esmeralda;

te traigo de tierra adentro

agua y tierra ecuatorianas;

con ellas yo soy por ti

ante el altar de la patria,

si tú rosa, yo tu tallo

para tenerte en mi rama;

si tu barca, yo tu río

para mecerte en mis aguas;

si tu mujer, yo soldado

de amor y cristal en guardia,

velando de noche y día

alrededor de tu falda.

Guayaquil lo escucha y ríe

y no quiere contestar

aunque sin decir, le dice

que sí… que se quedará.

Guayaquil es una barca,

una barca tropical,

-proa entre azul y bananas,

quilla entre cacao y sal-

novia del mar y de un río,

que no quiere navegar

por más que de amor por ella

mueran un río y un mar.

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