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Alzar la voz

José Fernando Gómez Rosales

El mayor daño que hacemos al alzar la voz, gritar, pitar, escribir todo en mayúsculas, no se lo hacemos a la persona que recibe este acto de mala educación de nosotros, sino a nosotros mismos.

El solo pensar en levantar la voz, pitar, destacar lo que escribimos, altera nuestro temperamento y nos pone en guardia contra las personas que no hacen lo que ordenamos o decimos.

Aparte de esto, podemos herir los sentimientos de esas personas que en la mayor parte de los casos, son personas a las que amamos profundamente, o al menos, decimos amar. A veces hay una excusa que pudiera pensarse justificada, como puede ser un déficit de audición de esa persona, o la falla repetida en el mismo tema, o el apuro que llevamos, etc., otras veces, ni siquiera hay eso.

Aprendamos a perdonar a las personas que nos hablan en voz alta o a gritos, que pitan desaforadamente, o que escriben en mayúsculas, cuyo temperamento primario los hace actuar en forma malcriada y despótica. Su acto grosero no se debe a que quieran hacernos daño, o que nos consideren menos, sino a su falta de dominio sobre ellos mismos.

Es preferible, cuando tenemos que hablar con una persona con déficit de audición por ejemplo, tener una libreta y aún cuando nos tome un poco más de tiempo, escribirle lo que queremos decirle, no porque a ellos les fastidie el que les gritemos, ya que no nos oyen, sino porque nosotros mismos alteramos nuestro temperamento y estamos más predispuestos a reaccionar negativamente por esta causa.

Cuando estamos en el tráfico y el semáforo cambia de rojo a verde y el carro de adelante no se mueve, lo máximo que debemos hacer es un pequeño golpe de pito, para lograr que el que maneja el vehículo de adelante y no se ha dado cuenta del cambio del semáforo, por estar chateando en el descanso, sepa que ya cambió y puede seguir adelante.

En internet hay una opción para evitar escribir en mayúsculas, que es la prioridad del mensaje. Con esto destacamos la importancia de lo que expresamos sin necesidad de escribirlo groseramente.

No hay que hacer lo que se quiere, sino lo que conviene, dice un viejo y sabio refrán, que conviene respetar. El dominio de uno mismo es el mayor dominio que podemos lograr y es una obligación para el hombre que tiene conciencia de sí mismo. Podemos y debemos lograrlo. Domar a ese potro salvaje que todos los que tenemos espíritu llevamos dentro, es la victoria más importante que debemos lograr en nuestro paso por el mundo. Si no nos podemos dominar a nosotros mismos, ¿Cómo podemos pretender dominar el mundo, o siquiera ser aceptados por los demás?

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