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Los Besos que yo te Dí

José Antonio Ochaíta

Aunque entres en una alberca

de agua fría y arrayanes

que tenga disueltas dentro

estrellas, columnas y aire.

Aunque te frotes después,

amontonando tu sangre,

con hilos recién hilados

que crujan al desdoblarse.

Aunque en vez de agua prefieras

pez, para purificarte

y entres en una cisterna

de hiel, de brea y de vinagre,

de esas que funden troqueles

porque se tragan metales.

Aunque con buriles nuevos

Acuñen nueva, tu imagen

y un sayón bartolomeo,

piel, a túrdigas te arranque.

Aunque nacieras de nuevo

en el vientre de tu madre,

y el Padre Santo, de Roma

de nuevo te acristianase,

¡los besos que yo te di,

no te los limpiara nadie!,

que vas reluciendo besos,

pregonando su linaje,

brillando y obscureciendo

como una luna en dos fases,

que nunca mata el creciente

porque no quiere el menguante.

La saliva de mis besos

no se te pegó a la carne,

si se te hubiera pegado,

arrancarla fuera fácil

y pisotearla luego

-cosa de buenos amantes-

Pero no fue pegadiza,

no fue postura de traje

que en una feria se compra

y en otra feria se añade

y cuando pasa se cambia,

conforme pasa el paisaje

en un primero de mayo

que no quiere sofocarse.

La saliva de mis besos

te cimentó la raigambre,

la respiraron tus huesos,

la comieron tus ijares,

te clareó las entrañas,

te hizo crecer y esponjarte,

como crecen y se esponjan

los chopos al agua fácil.

Lo canijo de tu vida

tuvo un apoyo de jaspe:

¡Mis besos! el hambre tuya

dejó de ser malas hambres

¡con mis besos! La ceniza

de tu horizonte sin cauce,

¡tuvo su lumbre en mis besos!

Tu palabra sin engarce

tuvo gramática: ¡besos!

que son más que besos frases

de un evangelio de sangre

con nuestras dos iniciales.

Ahora di: ¿Qué tienes tú,

que no lo hubieras tenido

unido a mis besos antes?

Eras cañamazo torpe,

hilacha que se deshace

y en mis labios tuve agujas

divinas para bordarte

de la camisa al pañuelo,

desde el tuétano a la carne.

Que tú eras humo dormido

que no acierta a despejarse

y yo te mostré un joyel

en ese fanal de besos

altos, tersos, tiernos, graves

y dentro de él reluciste

-tú que eras tristeza mate-

como reluce una hostia

que acaba de consagrarse,

que es pan y no es pan

porque su harina divina

se amasó de eternidades.

Anda, ¡quítate mis besos!,

date alquitrán y vinagre,

entra en un río de greda

o en una selva de sables,

busca otros besos que pongan

a los míos antifaces.

¿Que podrías conseguir?

si habrían de machacarte

y en el polvo de tus huesos

estarían mis señales.

El agua se irá burlada,

la lumbre quemará en balde,

se mellarán las navajas,

caerán las caretas fáciles,

te señalarán cien dedos

-la diana de los cobardes-

te gastarás en mentidos

esfuerzos por escaparte

y aún allí estarán mis besos

fundidos a tu raigambre.

Y hasta el día en que la tierra

con otra tierra te tape,

por encima del montón,

mis besos han de notarse:

¡vivos!, aunque te hayas muerto,

¡nuevos!, aunque tú los gastes,

¡calientes! aunque te enfríes,

¡verdad!, aunque los negaste,

para que Dios te conozca

por lo bizarro del traje

y sean los besos míos,

al cabo, los que te salven.

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