• jfgrmd

Carta Triste

Juan de Dios Peza

Encontreme en la calle cierto día

un paquete de cartas amorosas,

que parece que el dueño arrojaría

cual ramo inútil de marchitas rosas.

Comencé a revisar cartas aquellas

porque curioso soy, aunque sea impropio

y después de mirar algunas de ellas,

hallé esta carta, que llorando copio:

“Manolo de mi vida, yo no ignoro

que mis cartas de amor te mortifican.

Yo sé que si pronuncio un “Yo te adoro”,

tus amantes presentes, me critican.

Yo sé que otras mujeres se han brindado

para hacerte olvidar horas felices,

que yo soy para ti nada más que un pasado,

¡Un alegre pasado que hoy maldices!

Que yo soy una flor que tú llevaste

prendida en el ojal de tu levita,

una flor que más tarde despreciaste,

por encontrarla ya, mustia y marchita.

Yo no ignoro que tú ya no me quieres,

aunque talvez jamás me hayas querido;

en este ingrato mundo las mujeres

juguete de los hombres siempre han sido...

Pero aunque sepa yo que tu me engañas,

que en tu vida ya soy punto y aparte

quiero antes de dejar esta campaña

de nuestro amor, la historia recordarte:

Cuando apenas contaba quince años,

de amor me requeriste en baile regio,

yo entonces no pensaba en desengaños,

de salir acababa del colegio.

Con destreza admirable me brindaste

un amor sin igual, puro y vehemente

y sin mucho trabajo conquistaste

mi joven corazón aún inocente.

Mi madre muchas veces me advertía

que tú al jurarme amor, habías mentido,

pero yo sus palabras no entendía

y al mirarla llorar, he sonreído.

¿Por qué de sus consejos me he burlado?

Me pregunta al mirar mi madre augusta,

yo no sé porqué siempre hemos amado

a aquel que a nuestra madre más disgusta.

Mi padre me advirtió con gran cariño

que no pensara en ti, que no me amabas,

pero mi corazón que era tan niño

sólo pudo entender lo que tú hablabas.

Cuando yo te contaba los consejos

que me daban mis padres diariamente,

me contestabas tú: “Cosas de viejos”

y besabas mi boca ardientemente”

Yo no me imaginé que tú estuvieras

prendado nada más de mi belleza,

como nunca pensé que pretendieras

el cometer conmigo tal vileza.

Pero me equivoqué, me abandonaste

cuando me era imposible el olvidarte

y desde entonces, ya no me escuchaste

ni mis lágrimas lograron ablandarte.

Tanto me hizo sufrir el desengaño,

que estoy desde aquel día enferma y triste;

hace que me olvidaste, casi un año

y aún no puedo olvidar lo que me hiciste.

Muchas veces mi madre lagrimosa

se ha puesto ante mi lecho de rodillas

y como madre al fin, muy cariñosa

me ha dicho así, besando mis mejillas:

“Hija, no sufras más, sé decidida

y olvida para siempre a ese ladino,

que pretende cortar tu joven vida;

es un hombre malvado, un asesino.

No pienses un momento en el malvado

que ha secado la fuente de tu llanto;

ese infame, mi bien, me ha despreciado

al despreciarte a ti, que vales tanto.

Y así sigue mi madre aconsejándome,

pero yo sus palabras nunca entiendo;

muchas veces termina regañándome,

pero yo la discuto y te defiendo.

Pero ayer insistió con mucha pena

y después de besarme, así me dijo:

“Te suplico que olvides a esa hiena

y si no basta el ruego, te lo exijo”

y al escuchar la forma en que me hablaba

y ante resolución tan decisiva,

sólo le supliqué que me dejara

escribirte, Manolo, esta misiva.

Será la última carta que te envío

porque la muerte ya me está llamando,

talvez cuando a ti llegue, amado mío,

yo me encuentre en el lecho agonizando.

En cartas anteriores te decía

que no quería morir, sin antes verte,

pero no vengas ya, tarde sería,

siento que está muy próxima la muerte.

¡Cuánto lloro al saber que provocaste

la enfermedad que hoy mina mi existencia!,

¡Cuánto sufro después que me engañaste

y que burlaste, ingrato, mi inocencia!

Hoy recuerdo llorando, aquellos días

en que te vi y hablé por vez primera,

cuando tú de rodillas me decías

que dabas por mi amor, tu vida entera.

¡Cuánta mentira, Dios, cuánta impostura!

¡Con qué facilidad mentís los hombres!

¡Qué fácil os burláis de una criatura

para hacer que resuenen vuestros nombres!

Mientras de tu fortuna harás derroche

engañando a otra joven desdichada,

yo en silencio llorando por la noche

humedezco con lágrimas mi almohada.

Aunque es tan fuerte el golpe que me has dado,

que me quita la vida tu abandono,

yo juzgo como Cristo tu pecado:

Sufro las consecuencias... y perdono.

Sólo pido un favor, si no te opones:

Si a otra infeliz encuentras en tu vida

que te adore cual yo, no la abandones.

¡Mira que morirá si tú la olvidas!

Ya no puedo escribir, tiembla mi mano,

me sorprende de tos un fuerte acceso,

pronto voy a morir. ¡Adiós, Manolo!

Recibe de tu Lila, el postrer beso”.

Cuando yo me enteré de la presente

dictó mi corazón esta sentencia:

Compasión a la joven inocente

y desprecio al malvado sin conciencia.

Tres años han pasado desde el día

en que encontré la carta que he guardado;

tres años han pasado... y todavía

recordándola a veces, he llorado.

Lo mas Destacado
Reciente
Archivo
Buscar por Etiquetas
Siguenos
  • Google+ Basic Square

© 2012-2020 doctorgomezrosales.com                         

  • w-googleplus

   En paz con Dios, con el mundo y conmigo mismo.