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El Gato Bandido

José Fernando Gómez Rosales

Para terminar con esta serie de cuentos infantiles, en el que debería estar incuida la preciosa Historia que ya publiqué de Rubén Darío “Los motivos del lobo”, veamos ahora la arrepentida historia de Michín, “el gato bandido”:

El gato bandido

Rafael Pombo

Michín dijo a su mamá:

"Voy a volverme Pateta,

y el que a impedirlo se meta

en el acto morirá.

Ya le he robado a papá

daga y pistolas; ya estoy

armado y listo; y me voy

a robar y matar gente,

y nunca más (¡ten presente!)

verás a Michín desde hoy".

Yéndose al monte, encontró

a un gallo por el camino,

y dijo: "A ver qué tal tino

para matar tengo yo".

Puesto en facha disparó,

retumba el monte al estallo,

Michín maltrátase un callo

y se chamusca el bigote;

pero tronchado el cogote,

cayó de redondo el gallo.

Luego a robar se encarama,

tentado de la gazuza,

al nido de una lechuza

que en furia al verlo se inflama,

mas se le rompe la rama,

vuelan chambergo y puñal,

y al son de silba infernal

que taladra los oídos

cae dando vueltas y aullidos

el prófugo criminal.

Repuesto de su caída

ve otro gato, y da el asalto

"¡Tocayito, haga usted alto!

¡Déme la bolsa o la vida!"

El otro no se intimida

y antes grita: "¡Alto el ladrón!"

Tira el pillo, hace explosión

el arma por la culata,

y casi se desbarata

Michín de la contusión.

Topando armado otro día

a un perro, gran bandolero,

se le acercó el marrullero

con cariño y cortesía:

"Camarada, le decía,

celebremos nuestra alianza";

y así fue: diéronse chanza,

baile y brandy, hasta que al fin

cayó rendido Michín

y se rascaba la panza.

"Compañero", dijo el perro,

"debemos juntar caudales

y asegurar los reales

haciéndoles un entierro".

Hubo al contar cierto yerro

y grita y gresca se armó,

hasta que el perro empuñó

a dos manos el garrote:

Zumba, cae, y el amigote

medio muerto se tendió.

Con la fresca matinal

Michín recobró el sentido

y se halló manco, impedido,

tuerto, hambriento y sin un real.

Y en tanto que su rival

va ladrando a carcajadas,

con orejas agachadas

y con el rabo entre piernas,

Michín llora en voces tiernas

todas sus barrabasadas.

Recoge su sombrerito,

y bajo un sol que lo abrasa,

paso a paso vuelve a casa

con aire humilde y contrito.

"Confieso mi gran delito

y purgarlo es menester",

dice a la madre; "has de ver

que nunca más seré malo,

¡oh mamita! dame palo!

pero dame qué comer!"

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