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La Mujer Perfecta

José Fernando Gómez Rosales

Cuando miramos las fotos o los cuadros de pintores famosos de antaño, vemos esculturas de mujeres que simbolizaban la belleza en los siglos pasados y las comparamos con las bellezas que vemos caminar actualmente por las calles o que aparecen en revistas, vemos que el mundo ha ido progresando, tanto en el concepto de belleza, como en el lograrlo. El arte de la cirugía plástica, permite tener ahora narices perfectas, aunque un poco aburridas por lo repetitivas, unas figuras esculturales, con cinturitas de avispa. Todas las mujeres nos van dejando bajitos, al menos, si no por su propia estatura, por las plataformas o los tacos interminables, que se ven obligadas a usar, para destacar su figura y mostrar glúteos firmes, al estar en puntillas.

Todo defecto físico se puede disimular o embellecer, ya sea por la cirugía o el maquillaje, el bótox, moldeamientos y miles de técnicas más para embellecer a la mujer. El ejercicio es otra arma de gran utilidad; dos o tres, o a veces más horas diarias de tal o cual ejercicio y luego el masaje, el SPA. Ahora todas miden 1,75 mts. ó más, tienen una figura preciosa (menos las anoréxicas), un busto impresionante y perfecto, un vientre de tabla, envidia de cualquier deportista, en fin, físicamente son perfectas. Si a eso añadimos la forma de vestirse y la forma estudiada de sentarse o caminar, prácticamente podemos asegurar que, como decía aquella copla de mi infancia “no hay ninguna mujer fea.”

Cuando una mujer entra a algún sitio, se siente su presencia, las miradas, inconscientemente van a ella, muchas veces se produce un silencio dramático y fugaz, seguido por un suspiro de aprobación. Definitivamente, la mujer es dueña del mundo. El hombre es su esclavo y se siente orgulloso de serlo.

Pero hay algo muy importante que la mujer no puede ni debe olvidar nunca, y es la necesidad de perfeccionarse en la misma magnitud que en lo físico, en su interior. No me refiero a hacerse santurrunas o andar metidas en las iglesias, sino en el dominio de sí mismas, de su carácter, de los defectos que tenemos todos como seres humanos, de comprender a los demás, de tener mano firme, pero con paciencia, con sus hijos. No es necesario gritar, pero si es imperativo razonar, explicar, lograr que la casa sea un lugar de paz y tranquilidad, un lugar al que la gente desee llegar, no el sitio del que se quiere salir corriendo. La mujer debe ser siempre primero mujer, no muñeca; debe prepararse, debe desarrollar ese divino arte de destacar sin ostentar, de demostrar sus cualidades de sentido común e intuición, que le son natas, sin que por ello se crea superior. Una mujer así, prudente e inteligente vale muchísimo más por su interior que por esa máscara de belleza artificial externa, que no conduce a nada más que a la vanidad.

¡Quien hace hogar es la mujer! La belleza exterior, en el ataúd, ya se perdió. La belleza del alma, perdurará en los que la recuerdan, en los que la conocieron y en todos los que escuchan sobre lo maravillosa que fue.

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