• José Fernando Gómez Rosales

Volver atrás

La famosa pandemia del COVID-19, ha obligado al mundo, a Dios gracias, a dar un paso atrás. No quiero ahora referirme al tema, que ya es comentado mundialmente y hemos visto por Internet escenas de animales que, ante el encierro de los humanos, han comenzado a reaparecer en el mundo.

Quiero referirme, en algunos escritos, a ciertas costumbres y actitudes que han ido desapareciendo de nuestra sociedad, y considero importante que no se pierdan.

Quiero comenzar con la poesía, recordando a uno de los poetas más románticos de comienzos del siglo pasado, Manuel Acuña. Acuña fue un poeta mexicano, estudiante de Medicina. Su poema “Ante un cadáver”, que comienza diciendo: “Y bien, aquí estás ya, sobre la plancha, donde el gran horizonte la ciencia, la extensión de sus límites ensancha…”, muestra su gran amor a la profesión que había elegido. Me permito aquí reproducir su famosa poesía “Nocturno”, que creo que es una de las poesías más famosas de la literatura en español, dedicada a una bella mujer llamada Rosario, de la que se dice que estaba tan enamorado, que fue la causante de su suicidio.

En otra ocasión volveremos a hablar de ella.

Pasemos ahora a la poesía:

NOCTURNO

A ROSARIO

Manuel Acuña

I

Pues bien… Yo necesito

decirte que te adoro,

decirte que te quiero

con todo el corazón,

que es mucho lo que sufro,

que es mucho lo que lloro,

que ya no puedo tanto

y al grito en que te imploro,

te imploro y te hablo en nombre

de mi última ilusión.

II

Yo quiero que tu sepas

que ya hace muchos días

estoy enfermo y pálido

de tanto no dormir,

que ya se han muerto todas

las esperanzas mías,

que están mis noches negras,

tan negras y sombrías

que ya no sé ni donde

se alzaba el porvenir.

III

De noche, cuando pongo

mis sienes en la almohada

y hacia otro mundo quiero

mi espíritu volver,

camino mucho, mucho

y al fin de la jornada,

las sombras de mi madre,

se pierden en la nada

y tu de nuevo vuelves

en mi alma a aparecer.

IV

Comprendo que tus besos

jamás han de ser míos,

comprendo que en tus ojos

no me he de ver jamás,

y te amo y en mis locos

y ardientes desvaríos,

bendigo tus desdenes,

adoro tus desvíos

y en vez de amarte menos,

te quiero mucho más.

V

A veces pienso en darte

mi eterna despedida,

borrarte en mis recuerdos

y hundirte en mi pasión,

mas si es en vano todo

y el alma no te olvida,

¿Qué quieres tú que yo haga,

pedazo de mi vida?,

¿Qué quieres tú que yo haga

con este corazón?

VI

Y luego que ya estaba

concluido tu santuario,

tu lámpara encendida,

tu velo en el altar,

el sol de la mañana

detrás del campanario,

chispeando las antorchas,

humeando el incensario

y abierta allá a lo lejos

la puerta del hogar.

VII

¡Qué hermoso hubiera sido

vivir bajo aquel techo!,

los dos unidos siempre

y amándonos los dos;

tu siempre enamorada,

yo siempre satisfecho,

los dos, una sola alma,

los dos, un solo pecho

y en medio de nosotros

mi madre, como un Dios.

VIII

¡Figúrate que hermosas

las horas de esa vida!,

¡Qué dulce y bello viaje

por una tierra así!,

y yo soñaba en eso

mi santa prometida

y al delirar en eso

con la alma estremecida,

pensaba yo en ser bueno

por ti no más ... por ti.

IX

Bien sabe Dios que ese era

mi más hermoso sueño,

mi afán y mi esperanza,

mi dicha y mi placer.

Bien sabe Dios que en nada

cifraba yo mi empeño

sino en amarte mucho

bajo el hogar risueño

que me envolvió en sus brazos

cuando me vio nacer.

X

Esa era mi esperanza...

Mas ya que a sus fulgores

se opone el hondo abismo

que existe entre los dos,

¡Adiós por la vez última,

amor de mis amores!,

la luz de mis tinieblas,

la esencia de mis flores,

mi lira de poeta,

mi juventud... ¡Adiós!

jgomezr@hotmail.com

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