• José Fernando Gómez Rosales

El padre

Siguiendo con mi tema de volver a los tiempos de antaño, la época feliz en la que el respeto, las buenas costumbres, la honorabilidad, el trabajo y la sencillez de vida, eran lo que tenía verdadero valor para el ser humano, quiero continuar con las poesías, que hablan de sentimiento, de amor, de armonía y verdadera vida. Quiero ahora presentar a un poeta argentino, Héctor Francisco Gagliardi, nacido en Buenos Aires el 29 de noviembre de 1909, destacado poeta, declamador y letrista de tangos argentinos, que falleció en Mar del Plata, el 19 de enero de 1984. Comenzaré por presentar su poesía El padre que es una poesía que muchos de nosotros vivimos cuando fuimos niños. Disfrutemos de estos versos: El padre Héctor Gagliardi (argentino) ¿Y negra? ¿Te puedo hablar?, ya los pibes se han dormido, así que dejá el tejido, que después te equivocás. Que hoy te quiero preguntar porqué motivo las madres de la mañana a la tarde amenazan a sus hijos con ese estribillo fijo: ¡Ah, Cuándo venga tu padre...! y con tu padre de aquí y con tu padre de allá, resulta de que al final al verme llegar a mí, lo ven entrar a Caín y escapan todos lados. Y yo, que vengo cansado de trabajar todo el día, recibo, por bienvenida una lista de acusados. Vos empezás con tus quejas y yo... tengo que enojarme, lo mismo que hacía mi padre, cuando escuchaba a la vieja, que entraba a fruncir las cejas apoyando a esa fiscal que en medio del temporal se erigía en defensora, lo mismo que vos ahora, que siempre me dejás mal. Si los perdono: ¡Qué ejemplo! ¡Así es como los educo! Si los castigo: ¡Sos bruto! ¡No tenés sentimientos! A mi, que llegué contento y no tuve más remedio que poner cara de serio y escuchar tu letanía. A mí, que me paso el día pensando en jugar con ellos. Yo sueño llegar a casa y olvidarme felizmente del trabajo, de la gente y de todo lo que pasa. Los hijos son la esperanza, el porqué de nuestras vidas, por eso nunca les digas: ¡Ah, cuándo venga tu padre...! no quiero encontrar culpables, quiero encontrar alegría. Que no me pongas de escudo como lo hacía mi madre que consiguió que a mi padre lo imaginara un verdugo. El llegaba y te aseguro que terminaban las risas y en lugar de una caricia y hablarle como a un amigo, lo miraba compungido presintiendo una paliza. Y el pobre que me entendía, sacudiendo la cabeza, escuchaba con tristeza lo que mi madre decía y que él de sobra sabía: ¡Que con este no se puede!, ¡que me ensució las paredes!, ¡que la calle!, ¡la pelota!, ¡que trajo muy malas notas! ¡y me saca canas verdes! ¡A la cama, sin comer!, aburrido me ordenaba, mi madre me consolaba y yo lo culpaba a él. A el que había llegado recién de trabajar, tan cansado y yo ya lo había amargado con todas mis travesuras. Yo era una criatura, pero jamás lo he olvidado. Los hijos, nunca analizan el sentimiento del padre, porque el brillo de la madre es tan fuerte, que lo eclipsa. Sólo le hacemos justicia a su íntimo sentir, cuando nos toca vivir a nosotros su problema. ¡Ah, si mi padre supiera, que recién lo comprendí! Y porqué nunca me dijo del modo que me quería, si hoy yo sé como sufría al ver enfermo a su hijo, porqué me miraba fijo el primer pantalón largo y sé que me habrá besado cuando ya estaba durmiendo... Hoy que todo lo comprendo, ¡porqué no estará a mi lado! ¡Por qué no estarás ahora, para abrazarte bien fuerte viejo lindo y ofrecerte mi cariño a todas horas. Ves a tu hijo que llora? Pero llora con razón, porque te pide perdón al pensar en esos días en que ciego no veía que eras todo corazón. Dejame negra, que llore, es tan lindo desahogarse... Vamos a ver lo que hacen nuestros futuros señores... Mirale esos pantalones... tapala un poco a la piba... Sí, ya sé, no me lo digas! Hoy se fue a la calle sola! Acostate, rezongona... ¡Mañana será otro día! jgomezr@hotmail.com

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